Tras los focos

Tras los focos

Cortar, pegar, juntar…. y volver a cortar. Una sala oscura y aislada. Sonidos de tijeras. Proyectores que actúan sin cesar y un grupo de mujeres que observan imágenes a contraluz. ¿Dónde nos encontramos? No es fácil adivinarlo, estamos en una sala de edición de mediados del siglo veinte.

Aunque muchos no lo saben, el papel de montaje cinematográfico durante las primeras décadas del siglo pasado era ocupado mayoritariamente por mujeres. 

Sorprende descubrir que en una época donde el sexo femenino era marginado del mundo laboral y recluido a los trabajos domésticos, nos encontremos con que una de las actividades más importantes del cine estuviese ocupada por mujeres. 

Pero no es oro todo lo que reluce, porque que este oficio no ha gozado siempre del reconocimiento actual. 

Apodadas como las “cutters”, las montajistas eran mujeres de clase obrera encargadas de cortar y pegar manualmente las cintas, un trabajo minucioso y poco remunerado parecido a la costura. Consideradas durante mucho tiempo como mano de obra poco cualificada y meras ayudantes del proceso creativo, trabajaban en espacios cerrados y lejos de la visibilidad mediática. Sus nombres, por ejemplo, nunca aparecían en los créditos de las películas que ellas mismas habían editado. 

Con la introducción del sonido en los años treinta el montaje adquirió características más técnicas, relacionadas generalmente con un trabajo más masculino, entrando entonces muchos hombres en las salas de edición. Coincide, curiosamente, con que los montajistas empezasen a tener visibilidad y  a ganarse el respeto de la comunidad cinematográfica. 

Es impensable imaginarse unos “Óscar” sin el correspondiente premio al mejor montaje, ¿verdad? Pues igual de impensable es imaginarnos una edición sin mujeres. Y es que detrás de figuras como el director y los actores se esconden aquellas que han sabido alzar las películas y emocionarnos con su sensibilidad y profesionalidad. 

Hay grandes nombres femeninos pertenecientes al apodado como el arte invisible, un oficio que es capaz de pulir las gemas cinematográficas para sacar una gran historia narrativa y visual, creando las grandes películas que nunca podremos olvidar.

Hablamos de Margaret BoothViola Lawrence Dede Allen, consideradas como pioneras en el montaje del séptimo arte. Pensamos también en Verna Fields, apodada como la “madre montadora” por su carácter afable y maternal, que editaba las películas desde su casa. Fue ella la responsable de sacar todo el potencial a la más que inquietante, aterradora, película “Tiburón”, que marcó a una generación entera.

La figura del montajista suele ser quien acaba pasando más tiempo con el director, aliándose para poder sacar el resultado idealizado. Y es por eso que encontramos grandes duplas que nos han regalado auténticas maravillas. Ejemplo de ello es Sally Menke, que supo fusionarse y entender (tarea difícil) a Quentin Tarantino, para acabar creando películas como Reservoir Dogs o Pulp Fiction.

Pero no podemos hablar de duplas míticas sin citar a Thelma Schoonmakery  Martin Scorsese, quizá el ejemplo más destacado de lo que ocurre cuando lo mejor de la dirección y el montaje unen sus fuerzas. Thelma, archiconocida por la comunidad cinematográfica y exponente de la figura femenina en la edición, empezó a trabajar con Scorsese desde los inicios, creando las bases para lo que es uno de los tándems más potentes y reconocidos de la industria cinematográfica. Detrás este dúo hay éxitos como “Toro Salvaje”, “El aviador” o “The Departed”, por los que Schoonmaker ganó tres premios Óscar.

Así que no podemos más que agradecer a todas estas mujeres que lucharon a contracorriente para poder demostrar su talento cuando todo el mundo miraba para otro lado, porque a veces hay que romper esquemas para conseguir hacerse oír y asombrar el mundo entero.

Acabamos con una frase de Thelma, que sorprendió al periodista que le preguntó cómo una mujer dulce y educada podía editar las violentas películas de Scorsese: “¡Ah, es que no eran violentas hasta que yo las edité!